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Juguetes Sorpresa:
Vehículos
por Juan Claus en exclusivo para Concepciondigital.com

Mi introducción al concepto de “juguete sorpresa” fue con el siempre bienamado chupetín Topolino; aquel que venía en una bolsita opaca, junto a un juguete desconocido. Al abrir la bolsita uno se encontraba con un juguetito de lo más ambiguo, ya fuera un reloj pulsera en una sola pieza, con las agujas pintadas, o simpáticos animalitos con las patitas chanfleadas justo lo necesario para que fuera imposible pararlos.

Otro verdadero clásico del concepto fue (y continúa siendo) el Chocolate Jack, que desde 1962 trae un muñequito de plástico duro, en una pieza. En este caso, uno sabía qué podía esperar, porque las figuras se producían por colecciones, que iban desde jugadores de fútbol, a personajes de Hijitus o Titanes en el Ring, y más recientemente, Los Simpsons. Los muñecos de los chocolatines Jack se han convertido en objetos coleccionables de gran valor sentimental para los fanáticos. Algunas impresionantes colecciones suelen verse en exposición en convenciones de cómics, entre otros artículos de culto.

 


Durante la década del 90, llegó a nuestro país el archipopular Huevito Kinder, que repetía el concepto, esta vez con muñequitos simples o para armar, de notable nivel de factura. Tras su enorme éxito, se multiplicaron los productos nacionales que buscaron imitarlo, con resultados dispares.
Y
a ellos debemos sumarles, por qué no, la pléyade de juguetes sorpresa de esas máquinas expendedoras que, tras haber insertado una moneda, nos escupen un huevito de plástico con el juguete en cuestión.

La gracia de este tipo de juguetes era y es, por supuesto, la sorpresa. Ni más ni menos que la sorpresa, y la esperanza de encontrarse con el juguete soñado, o ese que una vez le había tocado al amigo. Claro que semejante expectativa muchas veces causa desilusión. Cuántos anillitos de plástico colorinche habrán ido a parar a la basura, o en el mejor de los casos, a una hermana, cuando lo que se esperaba era, por ejemplo, un auto. Por algún motivo, con lo amigos de la cuadra existía el acuerdo implícito de que había algo peor incluso a que te tocara un anillito: los rompecabezas. No importa el diseño, luego de haberlos armado una vez (cosa que no era muy difícil,
ya que sólo tenían unas 15 piezas) estaban destinados al olvido.




 

De los juguetitos de este tipo que aún conservo, los más numerosos probablemente sean las reproducciones de transportes, mayormente coches. Los hay más complejos o más simples (están aquellos que sólo son una estructura de chasis y ruedas todojunto, a modo de una cáscara del auto, y otros, más detallados, que incluyen parabrisas y hasta ruedas que giran).

Los autos antiguos, de lujo o tipo Ford T, eran particularmente coleccionables, por lo vistosos, pero no eran ideales para hacer carreras.
He visto más de una de esas carabelas de plástico luciéndose en repisas y bibliotecas, como si hubieran escapado de alguna botella. Para los que gustaban de los aviones, podían encontrarse algunas réplicas de una calidad considerable, que incluso traían stickers con las banderas y distinciones, para colocar sobre las alas. Mis favoritos siempre fueron esos viejos biplanos. Y no faltaban, claro, helicópteros.



 
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