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introducción al concepto de “juguete sorpresa”
fue con el siempre bienamado chupetín Topolino; aquel
que venía en una bolsita opaca, junto a un juguete
desconocido. Al abrir la bolsita uno se encontraba con un
juguetito de lo más ambiguo, ya fuera un reloj pulsera
en una sola pieza, con las agujas pintadas, o simpáticos
animalitos con las patitas chanfleadas justo lo necesario
para que fuera imposible pararlos. Otro
verdadero clásico del concepto fue (y continúa
siendo) el Chocolate Jack, que desde 1962 trae un muñequito
de plástico duro, en una pieza. En este caso, uno
sabía qué podía esperar, porque las
figuras se producían por colecciones, que iban
desde jugadores de fútbol, a personajes de Hijitus
o Titanes en el Ring, y más recientemente, Los
Simpsons. Los muñecos de los chocolatines Jack
se han convertido en objetos coleccionables de gran valor
sentimental para los fanáticos. Algunas impresionantes
colecciones suelen verse en exposición en convenciones
de cómics, entre otros artículos de culto.
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Durante la década del 90, llegó a nuestro
país el archipopular Huevito Kinder, que repetía
el concepto, esta vez con muñequitos simples o
para armar, de notable nivel de factura. Tras su enorme
éxito, se multiplicaron los productos nacionales
que buscaron imitarlo, con resultados dispares.
Y a
ellos debemos sumarles, por qué no, la pléyade
de juguetes sorpresa de esas máquinas expendedoras
que, tras haber insertado una moneda, nos escupen un huevito
de plástico con el juguete en cuestión.
La
gracia de este tipo de juguetes era y es, por supuesto,
la sorpresa. Ni más ni menos que la sorpresa, y
la esperanza de encontrarse con el juguete soñado,
o ese que una vez le había tocado al amigo. Claro
que semejante expectativa muchas veces causa desilusión.
Cuántos anillitos de plástico colorinche
habrán ido a parar a la basura, o en el mejor de
los casos, a una hermana, cuando lo que se esperaba era,
por ejemplo, un auto. Por algún motivo, con lo
amigos de la cuadra existía el acuerdo implícito
de que había algo peor incluso a que te tocara
un anillito: los rompecabezas. No importa el diseño,
luego de haberlos armado una vez (cosa que no era muy
difícil,
ya que sólo tenían unas 15 piezas) estaban
destinados al olvido.
De
los juguetitos de este tipo que aún conservo, los
más numerosos probablemente sean las reproducciones
de transportes, mayormente coches. Los hay más
complejos o más simples (están aquellos
que sólo son una estructura de chasis y ruedas
todojunto, a modo de una cáscara del auto, y otros,
más detallados, que incluyen parabrisas y hasta
ruedas que giran).
Los
autos antiguos, de lujo o tipo Ford T, eran particularmente
coleccionables, por lo vistosos, pero no eran ideales
para hacer carreras.
He visto más de una de esas carabelas de plástico
luciéndose en repisas y bibliotecas, como si hubieran
escapado de alguna botella. Para los que gustaban de los
aviones, podían encontrarse algunas réplicas
de una calidad considerable, que incluso traían
stickers con las banderas y distinciones, para colocar
sobre las alas. Mis favoritos siempre fueron esos viejos
biplanos. Y no faltaban, claro, helicópteros.
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